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viernes, 29 de julio de 2011

Falacia de un amanecer

El insomnio se apoderó de mí en la vejez de la noche. Temprano, me encontré vagando por la soledad de la penumbra en la nula inmensidad de la ciudad, concretamente en la plaza. El Sol aún no alumbraba pero tenía la fuerte intención de mostrar su insulso resplandor. Encendí un cigarro y me senté en el medio de la plazuela, donde los autos no me veían y los románticos de la hora no me oían. Miraba al cielo sin estrellas que aventuraba una plácida lluvia.

De repente, el Sol asomó y mostró, soberbio, su brillo. Iluminó las nubes, quitándole su misterio y timidez para imponerse ante ellas. Esclavizadas, se apartaron lentamente para dejarlo verse, para que el Sol mostrase una vez más su grandeza y ridiculice a los hombres.

¿Por qué las personas debemos admirar a las estrellas, si no son más que cuerpos altaneros con la esperanza de lucirse? ¿Por qué no nos puede gustar la lluvia y la soledad, cuando simbolizan la sencillez y la paz verdaderas? ¿Y por qué debemos admirar la grandeza y envidiar la soberbia de otros, si solo son sentimientos que contaminan el alma? Las respuestas son muy inexactas, y en muchos casos subjetivas.

Mientras el Sol continúe brillando, los hombres continuarán pecando, haciendo guerras, destruyendo la creación y creando la destrucción. Pero no debemos intentar enfrentar al Sol, pues seguramente nos ganaría. La ignorancia, virtud sana de los sabios, hará que ese cuerpo altanero deje de brillar.

Muchos son los hombres en el mundo que representan al Sol en este relato. Y muchos somos los hombres que simbolizamos a las nubes de lluvia, quienes les damos lugar a esos soles de brillar insípidamente y de imponerse sobre nosotros, cegándonos con un brillo no más importante que la lluvia y la tormenta que guardamos dentro, listas para cubrirlos y vencerlos durante todo el tiempo que nos dure nuestro aguacero.

Unos minutos pasaron y las nubes se volvieron a juntar, tapando al Sol y dejando que llueva plácidamente.

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