Bajo el solo brillo de una luminosa pantalla gigante que desde el cielo permitía verlo, Andrés se encontraba sobre las copas de los árboles. Corría, saltaba, rodaba, y transitaba sin problemas sobre las delgadas ramas, portando colgada en su espalda una daga filosa y puntiaguda que parecía a cada salto peligrarle su torso desnudo, preocupación que se sentía pero que era inconcebible.
Como todo un gran personaje que era, aquél elfo de la selva no emitía sonido alguno sobre los robles, y su imagen sobre estos era tan perceptible como el grano de polen en el agua. Y sintiendo esta agua caer desde el cielo estaban los gigantescos ogros que conversando estaban en el suelo, relajados y sonrientes. Poco les duró tal sonrisa, que sin darse cuenta a un ogro le cayó el elfo sobre la espalda derribándolo, y aprovechando su delgadez y agilidad, saltó sobre el otro gigante cortándole su cuello con la daga, rehaciendo lo mismo con el derribado y acabando finalmente con ambos. La victoria estaba hecha, la escaramuza se había ganado, y todo dejaba lugar al comienzo de una guerra de proporciones épicas. El triunfo del elfo era completo.
Eufórico quedó entonces Andrés, viendo al elfo desde la gigante pantalla de su computadora, como triunfaba y avanzaba de nivel en el juego.
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