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lunes, 15 de agosto de 2011

No todos los pobres son iguales

Andresito tenía sólo ocho años. Vivía dentro una casa de chapas, en la cual tenía tendidos unos trapos viejos sobre los cuales dormía cuando no los vestía. Últimamente, solía llevar una remera sucia y un buzo harapiento, un pantalón medio descocido y zapatillas con la suela rota, formando el conjunto de vestimenta que más sano tenía. Despeinado y dolorido por el cotidiano mal dormir, se levantó una mañana y, sin tener qué desayunar, qué beber, o siquiera qué hacer, se fue en su estado deplorable a la calle lindera en la cual solía trabajar.

Los padres de Andrés ganaban poco trabajando, pero alcanzaba para alimentarlo a él y a sus tres hermanos, con algún que otro día de hambre para uno u otro de los padres. Andresito, el mayor de los hermanos, a sabiendas de que nada le costaba vivir, quería tan solo darle a los más pequeños algún que otro gusto difícil de conseguir, fuese algún juguete o alguna golosina, o lo que fuera que consiguiese todos los días. Pedía monedas en la calle a los autos que se detenían en la esquina del viejo semáforo de una iglesia. De algunos vehículos le daban monedas grandes o hasta billetes, mientras que otros solo le daban el cambio más chico que tenían. Pero era la amplia mayoría la que buscaba excusas para no darle nada de su dinero, y unos tantos incluso cerraban la ventanilla cuando se le acercaba, o aceleraban antes de que el pequeño siquiera pudiese hablar.

Una tarde, un par de monjas cruzaron caminando por la vereda y se encontraron con Andresito pidiendo, como siempre hacía de mañana a noche.

—¿No podría darme una monedita, señora?— dijo el niño, con su lastimero rostro. Las hermanas se conmovieron. Le preguntaron al chico por su realidad y sus necesidades, a lo cual el chico respondió que quería tan solo darle una vida más feliz a sus hermanos, no a él mismo, y que para aquello necesitaba las monedas. Las hermanas se compadecieron de él, y premio a su bondad le dieron un billete de veinte, lo máximo por lejos que jamás había recibido el pequeño. Muy feliz, Andresito dio las gracias y se fue de allí con la sonrisa que todos los niños de buena posición deberían tener, agradecidos por todo cuanto se les da.

Satisfecho entonces con las ganancias de la jornada, el niño se fue al kiosco de tres cuadras más allá de la esquina donde pedía. Una vez allí, se compró, como casi todos los días, un atado de cigarrillos que fumó lenta y placenteramente.

jueves, 4 de agosto de 2011

Los padres, los hijos

Les voy a contar una historia. Una historia sin final. La Historia no tiene final. Con los años, serán nuestros legados quienes la seguirán escribiendo. Y qué mejor legado que los hijos y los nietos, herencia propia de la sangre y sucesores de la historia de una vida. ¿Pero qué pasa cuando estos hijos y nietos no pueden continuar una historia? Pues ahí sí, esta historia se termina, y nadie la podrá continuar. Solo la sangre nutre a la sangre.

Florencia era cajera de un supermercado. Entró a trabajar cuando discutió y peleó con su familia, concretamente con sus padres, a quienes juró teniéndolos en frente nunca volver a hablarles y olvidarlos para toda la eternidad.

Leandro era uno de sus compañeros de trabajo. Con él pasaba algo especial. Nunca hablaban, pero entre ellos siempre se cruzaron miradas perdidas.

Un día, ocurrió lo que tenía que ocurrir. Armado en valentía, y con palabras tartamudeantes, Leandro se declaró a Florencia. Ella, como se podía suponer, saltó a sus brazos para vivir el apasionado primer beso.

Las siguientes semanas vivieron juntos bajo el techo de ella, pues la casa de él había sido rematada a falta de pagos. El plan de Florencia era que su amor se quedase a vivir a su lado para planear el matrimonio y estabilizar la relación, pues las salidas de él por las noches con sus amigos se hacían, al parecer de ella, demasiado frecuentes, y el estado con el cual volvía a la casa era sencillamente deplorable. Por eso soñaba con estabilizarse, pero aquel sueño parecía hacerse, cada vez más, tan sólo un sueño.

Un lunes, repentinamente, Florencia se despertó maltrecha. No fue a trabajar y se quedó en la casa a relajarse. Pero el malestar perduró todo el día. Preocupado, Leandro no salió esa noche. A la mañana siguiente, Florencia se despertó mejor sabiendo que su amado permaneció por primera vez la noche entera con ella. Pero aún así, se sentía terrible. Demasiados dolores de cabeza y náuseas se sucedían durante todo el día, y todos los días, durante dos semanas. Cuando al fin se sintió mejor, acudió al trabajo donde le contó de su malestar a una amiga no muy cercana que atendía la farmacia del supermercado, y ésta le sugirió que se hiciera un test de embarazo. Florencia se rió de aquella sugerencia, pero a escondidas su compañera sacó una de aquellas pruebas y se la dio a escondidas a su colega.

Al final, Florencia se hizo aquella prueba en el baño mismo del mercado, y resultó positiva. Corriendo, salió despavorida en busca de los brazos de Leandro, y gritando a todo el mundo, no escondió la noticia. <<¡Vamos a tener un hijo!>> vociferó la futura madre, quien veía cumplida una fantasía: establecer como definitiva, gracias a aquel hijo de ambos, su relación con Leandro. Éste, mientras ella le apretaba fuerte el cuello al abrazarlo, le correspondía sin humor, con seriedad, aturdido y hasta perplejo del asombro.

A la mañana siguiente, Florencia despertó sin Leandro a su lado. Creyó que se había desvelado por la noticia de la tarde anterior y que, aburriéndose al estar despierto solo, se había ido temprano al trabajo. Por alguna razón, se sentía mal de vuelta y decidió no ir a trabajar, y por el contrario quiso esperar a Leandro en la casa para cuando volviera a la tarde, y así poder pasar tiempo de calidad juntos. Pero él no volvió del trabajo al horario que solía hacerlo. Entonces pasaron una, dos, tres, cuatro horas. Y no aparecía. Llamó al mejor amigo de aquél, y dijo que no lo había visto en todo el día. Llamó a sus amigas del trabajo, quienes le dijeron que no se había presentado. En el celular de él, le atendía la contestadota indicando que el número estaba inhabilitado.

Florencia entonces se desesperó. Se había dado cuenta de la realidad: la habían abandonado. Con el teléfono en mano, se escabulló bajo la mesa, donde el poco espacio le hacía sentir más contenida, y telefoneó a su familia. Necesitaba un concejo, una mano que le fuera extendida, una voz que le dijera que todo estaría bien. Y esa voz se personificó en el padre, quien atendió el teléfono. Pero ni bien su hija comenzó a hablar, éste le cortó, sin darle tiempo a decir nada más que palabras sueltas. Florencia entonces se abrazó las piernas bajo la mesa, y con el rostro entre sus rodillas lloró como nunca antes había llorado, y como nunca después volvería a llorar.

Florencia intentó suicidarse cortándose las venas, pero aquella farmacéutica del supermercado la salvó. Desde entonces asiste a un psicólogo, donde de a poco se convenció de que debía tener aquel hijo, y que sin importar las adversidades de la vida, sería amado como pocos hijos lo han sido.

Hoy el niño tiene cinco años. Por alguna razón, ella le dio el nombre de Leandro. A veces, al volver del jardín de infantes, el pequeño le pregunta “¿por qué yo no tengo un papá como mis otros compañeros?”. Florencia entonces inventa una respuesta y piensa. Piensa mucho, pero no en Leandro o en su intento de suicidio, sino en que ella se peleó con sus padres para siempre sin saber que algún día los volvería a necesitar. Entonces, por su padre y por el padre de su hijo, Florencia vuelve a llorar. A veces lo hace sin lágrimas, pero cada día de su vida vuelve a llorar.

martes, 2 de agosto de 2011

El arroyo y la montaña

Hubo una vez un arroyo que nacía en la alta y helada montaña, que no recorría ninguna distancia importante y que no llegaba a ningún lado, ni tenía otros cursos de agua que en él desembocasen. Harto de su situación, deseó con fervor poder ser más largo e imponente. La montaña amiga que lo vio nacer oyó su deseo y derritió parte de sus hielos para que el curso se potenciara. La corriente entonces arrasó la tierra con su fuerza y el arroyo creció hasta llegar a ser todo un río.

Aquél arroyo, ahora río, era mucho mayor que en sus inicios, con el largo de todos sus ríos vecinos. Pero aún así no se conformaba. En vez de satisfacerse con lo que la generosa montaña le había dado, la obligó en un fervor de avaricia a que continuase derritiendo sus hielos. El río aumentaba cada vez más y más su caudal, luciendo la fuerza con la que sus aguas corrían y arrasando con todo lo que se le cruzaba, sin ostentar culpa o remordimiento alguno.

El curso siguió creciendo, cada vez con más y más fuerza. El avance parecía incontenible y la explotación a la montaña aumentó con desmesura. Al final, el río logró una meta que parecía imposible: arribó a la mar océano.

No obstante, llegó un momento en el cual la montaña agotó su hielo. El caudal del río fue entonces disminuyendo paulatinamente su volumen, hasta que se secó por completo, y entonces desapareció. Aquel codicioso arroyo dejó de existir para siempre, pero todo a expensas de lo que le daba grandeza a la montaña, la cual nunca recuperó su hielo, y por el contrario se convirtió en un reseco pico, el cual, año a año, se desquebraja y derrumba poco a poco. Y así, tanto explotador como explotado, perdieron todo cuanto tenían.

domingo, 31 de julio de 2011

El heroísmo moderno

Bajo el solo brillo de una luminosa pantalla gigante que desde el cielo permitía verlo, Andrés se encontraba sobre las copas de los árboles. Corría, saltaba, rodaba, y transitaba sin problemas sobre las delgadas ramas, portando colgada en su espalda una daga filosa y puntiaguda que parecía a cada salto peligrarle su torso desnudo, preocupación que se sentía pero que era inconcebible.

Como todo un gran personaje que era, aquél elfo de la selva no emitía sonido alguno sobre los robles, y su imagen sobre estos era tan perceptible como el grano de polen en el agua. Y sintiendo esta agua caer desde el cielo estaban los gigantescos ogros que conversando estaban en el suelo, relajados y sonrientes. Poco les duró tal sonrisa, que sin darse cuenta a un ogro le cayó el elfo sobre la espalda derribándolo, y aprovechando su delgadez y agilidad, saltó sobre el otro gigante cortándole su cuello con la daga, rehaciendo lo mismo con el derribado y acabando finalmente con ambos. La victoria estaba hecha, la escaramuza se había ganado, y todo dejaba lugar al comienzo de una guerra de proporciones épicas. El triunfo del elfo era completo.

Eufórico quedó entonces Andrés, viendo al elfo desde la gigante pantalla de su computadora, como triunfaba y avanzaba de nivel en el juego.

Tentaciones

Aquella tarde estaba exhausto por el estudio. Me acosté a dormir la siesta a temprana hora y no me desperté sino hasta las ocho. Me cambié rápido y me arreglé para poder ir a la fiesta de mi fraternidad.

Mi nombre es Rafael, y era estudiante de psicología en la universidad. Becado por mis grandes labores en la secundaria, siempre me maravillaron la mente y los pensamientos humanos, siempre tan oscuros y alucinantes. Muchos pensaban que era demente por fascinarme con lo más siniestro del hombre. Mi respuesta a dicha ofensa, más que un justificativo, es una simple aunque profunda reflexión: no existe la gente loca, solo la que piensa diferente o posee el don de ver u oír más allá que el ignorante vulgo. Los alegatos de demencia han hecho de mí un ser tímido, introvertido y aislado, incapaz de relacionarme con otras personas con facilidad porque rara vez estuve cercano a una. Mi única amiga y comprensora era Lilit. Siempre estaba donde y cuando la necesitaba, dándome aliento en cualquier situación. No recuerdo bien cuando la conocí, pero se bien que no fue hace demasiado tiempo.

La fiesta fue realmente multitudinaria. Parecía que toda la universidad estaba en esa sala para divertirse y distenderse un rato. A ninguno pareció importarnos que fuera una noche de domingo y que mañana debiéramos estudiar. Estaban todos los más influyentes ahí, pero dos eran el centro de atención. Uno era Amón, un enorme negro árabe capitán del equipo de básquet. El gigante tenía una cierta obsesión por provocar a la gente y adoraba pelear. Como ambos pertenecíamos a la misma fraternidad, desde mi ingreso tuvo la molesta costumbre de no dejarme en paz.

La otra conocida cara era la de Abrahel, una bella y sensual judía cuya hermosura sobrepasaba los límites de lo terrenal. Pero por irreal que pareciese, ella existía. Era la más hermosa de todo el campus, así como la viva representación de la lujuriosa tentación y los más pecaminosos deseos carnales. Era mi musa, mi ninfa, mi veneración. Dichoso aquel que poseía su amor.

En la pubertad de la noche, Abrahel fue tentada a la gula del alcohol. La ebriedad le impedía siquiera pararse. La razón por la cual se mantenía de pie era el amontonamiento de gente, que lo comprimía a uno lo suficiente como para evitar que tropezase. Ni bien salió de la multitudinaria sala, cayó mareada. Pero como yo estaba frente a ella justo en ese entonces, la tomé antes de que se desplomara por el suelo. La levanté mientras ella reía ebria por nada. Durante unos instantes, nuestras miradas se cruzaron. Ella dejó de festejar y me miró fijamente a los ojos, mientras que yo me sonrojaba de vergüenza.
—¿Sos nuevo? —me preguntó pasado un tiempo.
—Entré hace dos meses a la fraternidad.
—¡Qué tarada, ni me había fijado! ¿Querés bailar?

Emocionado y sonriente, accedí a su pedido. Pronto nos encontramos entre la muchedumbre, bailando sin cesar. Esa noche bailé y disfruté como nunca antes había disfrutado de una fiesta (y eso fue porque nunca antes había gozado de una). Tras bailar unas cuantas canciones, me invitó a “un lugar más privado”. Subimos inmediatamente a mi cuarto y ella comenzó a removerse de sus vestiduras y a desgarrar mi camisa. Luego me tomó brutalmente y, de forma salvaje, hicimos el amor.

Al mediodía siguiente me desperté. Estaba solo, sin Abrahel en mi cama, en mi cuarto, o siquiera en la fraternidad. La había buscado pero no la encontré. Quería hablar con ella, pero debía hallarla primero. No la localicé, pero tampoco desesperé. Al fin y al cabo, esa noche teníamos clases juntos.

Pasado el crepúsculo, la encontré. Ni siquiera me miró cuando advirtió mi presencia. Cuando intenté hablarle, me cayó a voz seca y me entregó a escondidas una esquela. Acto seguido, se apartó de mí y fue en apuros de los brazos de Amón, quien la acogió y besó vorazmente.

No comprendía aquella escena, pero era obvio que la esquela tenía las respuestas. Entonces la abrí. Decía “lo nuestro fue una farsa. Estaba borracha y no supe lo que hacía. Será mejor que te olvidés de todo. Entre nosotros nunca pasó nada”. Las hirientes palabras fueron un seco puñal. No entré a clases y, por el contrario, me fui a prisas a mi cuarto en la fraternidad. Acostado sobre mi cama, derramé unas lágrimas. Pero lo que más sentía no era tristeza, sino ira, una furia interna que me incitaba a destruir a todo el mundo. En mi encierro creí dormirme por un momento, pero lo que sucedió no pudo ser un sueño.

Mientras estaba recostado pensativo y encolerizado, se aparece Lilit en mi cuarto. No advertí como había entrado, pero siempre tenía ese oculto arte de las apariciones, por lo cual no me extrañé. La miraba anonadado, me era imposible decir una sola palabra. Ella, en cambio, me veía con unos ojos tiernos y lastimeros. Con esa mirada puesta comenzó lentamente a desvestirse. Ella ahora sonreía, mientras que yo estaba aún más impresionado que antes al estar frente al cuerpo totalmente exquisito y desnudo de una persona que consideraba tan querida. Se acercó lentamente a la cama, se sentó a mi lado y me besó, mientras yo me dejaba poseer por sus labios. No se si fue por despecho o por verdadera atracción, pero esa noche nos ahogamos juntos en un lento y romántico placer.

Al concluir la velada de pasión no se había pronunciado una sola palabra, solo gemidos. Fue ella quien rompió con el silencio.
—Tenés que matarla. No es sano intentar tragar las penas. Tenés que hacerlo para olvidarla.
—¿Y por qué no mejor lo mato a Amón? Así Abrahel podría estar conmigo.
—No serviría. De todas formas ella no te amaría, y puede que incluso te odie más. En cambio, si la matás a ella, él te va a respetar y dejará de molestarte. Tenés que matarla.

Cegado por las palabras de Lilit, me vestí apresuradamente y bajé a la sala en busca de un clip y de una cuerda. Cuando los encontré, subí apresurado al cuarto de Abrahel. Sigilosamente, usé el clip para abrir la cerradura. Ella dormía plácidamente, sin percatarse de mi presencia. Me le acerqué despacio y le rodeé su cuello con la soga. Agonizante y sin oponer resistencia, el súcubo se ahogaba lentamente en sus pecados, mientras que yo la apretaba cada vez más fuerte, impulsado por la impiadosa furia. Al cabo de unos segundos, Abrahel desfalleció para siempre. Al volver a mi cuarto para acostarme, Lilit ya se había ido.

A la mañana siguiente, unos policías me despertaron y me condujeron hasta este psiquiátrico donde hoy por hoy paso mis días. El motivo de relatar esta historia, mí historia, es intentar hacer entender a estos doctores de que no soy como el diablo, sino más bien de que soy un arcángel que se encargó de matar a un vil demonio. Si tengo que morir aquí, se que no desperdicié mi vida, y que por el contrario el cielo me abrirá sus puertas al solo pronunciar mi nombre.

En cuanto a Lilit, nunca más la volví a ver desde aquella noche.

sábado, 30 de julio de 2011

Pecado borgeano

Nacido bajo el regazo del dinero, Lautaro conoció la envidia a temprana edad. No porque él la padeciese, sino porque convivía rodeado de personas celosas de su posición. Nunca llegó a conocer una amistad o un amor, y la depresión y la locura se hicieron pronto sus más allegadas compañeras. Era invisible, ignorado, y el mundo jamás se percató de su presencia.

Sus padres murieron cuando él solo era un infante, y la crianza con sus tíos fue nefasta: al anciano solo le importaba la enorme fortuna de Lautaro mientras se burlaba de los padres del chico, a veces incluso en su propia cara.

Ya en la juventud plena, comenzó a estudiar cinco carreras sin terminar un solo año en cada una de ellas. Consiguió varios trabajos, abandonándolos todos al poco tiempo porque, al igual que en sus estudios, no había ninguno que lograra satisfacerlo.

Era común verlo frecuentando bares y burdeles, ya sea pagando por el alcohol, la droga o el sexo, intentando conseguir un minucioso y reconfortante reánimo que jamás llegaba a la felicidad.

Lautaro murió joven y depresivo, sin recordar cuando fue la última vez que sonrió. Ahora, su alma yace carbonizada en las sofocantes llamas del infierno. Algunos preguntan la causa por la cual su espíritu no ascendió a los cielos a ubicarse en el amistoso regocijo de Dios. La respuesta es que Lautaro, como un gran maestro dijo una vez, hubo cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer: nunca fue feliz.

Pereza

Cuentan relatores de verídicas fábulas que una vez existió un hombre de poco ejercicio y escasas ambiciones. El hombre, de joven edad y falto de madurez, había dejado la escuela a tempranos años para dedicarse a la holgazanería voluntaria. Vivió toda su vida con su madre y sus hermanas, siendo el único varón de la casa, aunque poco era visto como la idónea figura masculina. Nunca se había quejado de su situación, y siempre se lo veía con su corpulenta figura postrada sobre la cama o el sillón, devorando horas de inútil televisión.

Un día, la madre de este sujeto llega a la casa con los víveres de la semana. Poco duró la presencia de la mujer, pues debió llevar a sus hijas a su semanal clase de piano. Mientras el hombre estaba solo, una leve brisa atravesó por la ventana entreabierta y tiró la bolsa de frutas al suelo. Un maduro durazno rodó directo a los pies del postrado, y se decidió a degustarlo. Pegó una mordida y vio en el interior de la fruta unos varios gusanos retorciéndose. En lugar de escupir lo que había masticado, lo tragó impulsado por el susto y la fruta se le atoró en la garganta. Intentó desesperado llegar al lavadero de la cocina para tomar un vaso de agua, pero las piernas estaban demasiado acalambradas de las horas que permanecía tirado inactivo, y apenas pudo levantarse. Arrastrándose, llegó a la cocina, y decenas de gusanos comenzaron a salirle de la boca para recorrer su cara entera. Dos de ellos penetraron en sus ojos y lo imposibilitaron de ver. Finalmente, mientras más de los mismos insectos recorrían su cuerpo entero, el hombre murió atragantado por aquella fruta.

La pereza es un pecado que se paga con el descanso eterno.

viernes, 29 de julio de 2011

Falacia de un amanecer

El insomnio se apoderó de mí en la vejez de la noche. Temprano, me encontré vagando por la soledad de la penumbra en la nula inmensidad de la ciudad, concretamente en la plaza. El Sol aún no alumbraba pero tenía la fuerte intención de mostrar su insulso resplandor. Encendí un cigarro y me senté en el medio de la plazuela, donde los autos no me veían y los románticos de la hora no me oían. Miraba al cielo sin estrellas que aventuraba una plácida lluvia.

De repente, el Sol asomó y mostró, soberbio, su brillo. Iluminó las nubes, quitándole su misterio y timidez para imponerse ante ellas. Esclavizadas, se apartaron lentamente para dejarlo verse, para que el Sol mostrase una vez más su grandeza y ridiculice a los hombres.

¿Por qué las personas debemos admirar a las estrellas, si no son más que cuerpos altaneros con la esperanza de lucirse? ¿Por qué no nos puede gustar la lluvia y la soledad, cuando simbolizan la sencillez y la paz verdaderas? ¿Y por qué debemos admirar la grandeza y envidiar la soberbia de otros, si solo son sentimientos que contaminan el alma? Las respuestas son muy inexactas, y en muchos casos subjetivas.

Mientras el Sol continúe brillando, los hombres continuarán pecando, haciendo guerras, destruyendo la creación y creando la destrucción. Pero no debemos intentar enfrentar al Sol, pues seguramente nos ganaría. La ignorancia, virtud sana de los sabios, hará que ese cuerpo altanero deje de brillar.

Muchos son los hombres en el mundo que representan al Sol en este relato. Y muchos somos los hombres que simbolizamos a las nubes de lluvia, quienes les damos lugar a esos soles de brillar insípidamente y de imponerse sobre nosotros, cegándonos con un brillo no más importante que la lluvia y la tormenta que guardamos dentro, listas para cubrirlos y vencerlos durante todo el tiempo que nos dure nuestro aguacero.

Unos minutos pasaron y las nubes se volvieron a juntar, tapando al Sol y dejando que llueva plácidamente.

Un tango a la medianoche

Como todas las tardes, a altas horas llegué al bar de don Julio. Muchas eran las ocasiones en las que ayudaba a poner las sillas en orden para poder comenzar temprano con la velada nocturna. Esta no fue una excepción, así que me quité el saco y comencé a trabajar. Al terminar, me senté en la mesa de siempre, la que da a la ventana cerca de la barra, y observaba como las jóvenes parejas caminaban de la mano bajo la lluvia. Degustaba un exquisito vino mientras comía la pizza que el mismo don Julio preparaba con sus desgarradas manos de roble viejo. Al término de la comida, el piano y el bandoneón inauguraron la ceremonia.

Eran ya casi las doce y María se disponía a salir. Era una bella y encantadora camarera a la que nunca le había podido confesar mi atracción por ella. Un soplo del alma (o quizás del bandoneón) me impulsó a seguirla y detenerla frente a la puerta. Una vigorosa tenacidad me invadió y, con escasas palabras, la invité a bailar. El bar hizo sobrios silencios cuando nos acercamos al centro del salón. El truco y el billar debieron hacer su pausa y don Julio sumó su guitarra a la melodía. Entonces, el tango sonó. Reconocí la melódica música de Gardel y a su compás comencé a recitarle a María unos poemas de amor al oído, poemas que me brindaba una excitante inspiración. Comenzamos a bailar, mi mano en su cintura nos guiaban en aquel plácido concierto. El reloj de las doce sonó, pero nadie pareció escucharlo. Todos nos zambullimos en el romance de aquel tango.

Al terminar, los aplausos no esperaron, igual que el beso entre los labios de María y los míos. Me escribió sobre una servilleta de papel su número de teléfono y me la entregó con sensual mirada, sin proliferar palabra alguna que pudiese arruinar ese momento.

Entonces, se estacionó en la salida del local un último modelo alemán conducido por un joven y viril hombre que hizo sonar la bocina. María se despidió de mí sacudiendo sus dedos y salió del bar en dirección al vehículo. Al subirse, besa al viril joven y parten juntos a su lecho.

Miré un segundo la servilleta, la rompí y arrojé sus pedazos al suelo. Me calcé mi saco y salí del bar caminando bajo la lluvia, mientras aún escuchaba adentro la música de otro melodioso tango.