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lunes, 15 de agosto de 2011

No todos los pobres son iguales

Andresito tenía sólo ocho años. Vivía dentro una casa de chapas, en la cual tenía tendidos unos trapos viejos sobre los cuales dormía cuando no los vestía. Últimamente, solía llevar una remera sucia y un buzo harapiento, un pantalón medio descocido y zapatillas con la suela rota, formando el conjunto de vestimenta que más sano tenía. Despeinado y dolorido por el cotidiano mal dormir, se levantó una mañana y, sin tener qué desayunar, qué beber, o siquiera qué hacer, se fue en su estado deplorable a la calle lindera en la cual solía trabajar.

Los padres de Andrés ganaban poco trabajando, pero alcanzaba para alimentarlo a él y a sus tres hermanos, con algún que otro día de hambre para uno u otro de los padres. Andresito, el mayor de los hermanos, a sabiendas de que nada le costaba vivir, quería tan solo darle a los más pequeños algún que otro gusto difícil de conseguir, fuese algún juguete o alguna golosina, o lo que fuera que consiguiese todos los días. Pedía monedas en la calle a los autos que se detenían en la esquina del viejo semáforo de una iglesia. De algunos vehículos le daban monedas grandes o hasta billetes, mientras que otros solo le daban el cambio más chico que tenían. Pero era la amplia mayoría la que buscaba excusas para no darle nada de su dinero, y unos tantos incluso cerraban la ventanilla cuando se le acercaba, o aceleraban antes de que el pequeño siquiera pudiese hablar.

Una tarde, un par de monjas cruzaron caminando por la vereda y se encontraron con Andresito pidiendo, como siempre hacía de mañana a noche.

—¿No podría darme una monedita, señora?— dijo el niño, con su lastimero rostro. Las hermanas se conmovieron. Le preguntaron al chico por su realidad y sus necesidades, a lo cual el chico respondió que quería tan solo darle una vida más feliz a sus hermanos, no a él mismo, y que para aquello necesitaba las monedas. Las hermanas se compadecieron de él, y premio a su bondad le dieron un billete de veinte, lo máximo por lejos que jamás había recibido el pequeño. Muy feliz, Andresito dio las gracias y se fue de allí con la sonrisa que todos los niños de buena posición deberían tener, agradecidos por todo cuanto se les da.

Satisfecho entonces con las ganancias de la jornada, el niño se fue al kiosco de tres cuadras más allá de la esquina donde pedía. Una vez allí, se compró, como casi todos los días, un atado de cigarrillos que fumó lenta y placenteramente.

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