Hubo una vez un arroyo que nacía en la alta y helada montaña, que no recorría ninguna distancia importante y que no llegaba a ningún lado, ni tenía otros cursos de agua que en él desembocasen. Harto de su situación, deseó con fervor poder ser más largo e imponente. La montaña amiga que lo vio nacer oyó su deseo y derritió parte de sus hielos para que el curso se potenciara. La corriente entonces arrasó la tierra con su fuerza y el arroyo creció hasta llegar a ser todo un río.
Aquél arroyo, ahora río, era mucho mayor que en sus inicios, con el largo de todos sus ríos vecinos. Pero aún así no se conformaba. En vez de satisfacerse con lo que la generosa montaña le había dado, la obligó en un fervor de avaricia a que continuase derritiendo sus hielos. El río aumentaba cada vez más y más su caudal, luciendo la fuerza con la que sus aguas corrían y arrasando con todo lo que se le cruzaba, sin ostentar culpa o remordimiento alguno.
El curso siguió creciendo, cada vez con más y más fuerza. El avance parecía incontenible y la explotación a la montaña aumentó con desmesura. Al final, el río logró una meta que parecía imposible: arribó a la mar océano.
No obstante, llegó un momento en el cual la montaña agotó su hielo. El caudal del río fue entonces disminuyendo paulatinamente su volumen, hasta que se secó por completo, y entonces desapareció. Aquel codicioso arroyo dejó de existir para siempre, pero todo a expensas de lo que le daba grandeza a la montaña, la cual nunca recuperó su hielo, y por el contrario se convirtió en un reseco pico, el cual, año a año, se desquebraja y derrumba poco a poco. Y así, tanto explotador como explotado, perdieron todo cuanto tenían.

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